Os habría pedido que os levantaseis y dejaseis por un momento de ser sanitarios. Que flexionaseis las rodillas un poco y adoptaseis posición de semi sentadillas, que sintierais el calor y la sensación de trabajo en los cuádriceps. Habría mirado su reloj, posiblemente un Garmin o un Apple Watch supersónico, y calculado el tiempo que os tendría en esa posición. No habría dicho nada, provocando así un buen grado de impaciencia. Habría seguido hablando de su testimonio como paciente de leucemia y no sabríais si seguir aguantando, pero la mayoría de vosotros habríais permanecido sin saber. Su autoridad os habría confundido. Y, así, mi hermano os habría demostrado lo que se siente cuando el dolor no se puede negociar, pero el cerebro debe seguir procesando como si no lo sintiera. La urgencia por dejar de sentirlo. Y el miedo por no comprender. Habríais dejado caer vuestro cuerpo en la butaca, aliviados, un poco transpirados. Y mi hermano Pablo, que estaría vivo en el salón de actos del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, en mayo de este año, os habría recordado que lo triste no es morir, lo triste es no saber vivir.
Algo de esto ha pasado este fin de semana. No he estado en un lugar donde se ha hablado exclusivamente del dolor, sino donde se podría llegar a experimentar su incomodidad. Sobre todo, la emocional. Yo solo escribo cosas, no sé nada de miligramos, protocolos o especialidades médicas, pero he asistido a la declaración de testimonios reales de una madre con un hijo ingresado en estado grave, de pacientes oncológicos que no saben muy bien si están en recuperación, y de médicos que han sufrido las inclemencias del coste de sus propios sueños hacia un mundo mejor. Y, aunque ellos eran los protagonistas indiscutibles de sus historias (incluyéndome a mí), me he puesto todo el rato a miraros a vosotros, la comunidad científica reunida en ese salón de actos. Todos mirando en la dirección de vidas que sufren o han vivido algo traumático en relación con la salud. Que han sentido en algún punto el robo de lo que nos hace humanos, es decir, el trato sin emoción. Y me he inclinado hacia delante para miraros con disimulo, porque a los que saben de cosas serias es casi pecado mortal decirles que han suspendido la asignatura más importante. Con los ojos fijos en el corazón del otro, habéis prestado atención.
El Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla nos ha acogido a todos y nombrar el V Congreso Internacional de Humanización de la Asistencia Sanitaria tal cual es una obligación. Tres días. Doscientas cincuenta personas. Once países. Un lema: «ConCiencia de Humanización». Y una pregunta que no termina de resolverse nunca: cómo se cuida a alguien sin despojarle de lo que es. Para mí, cómo se cuida a alguien, sin más. Qué bonita la conferencia inaugural de Víctor Montori, «La rebelión de los pacientes». No puedo evitar ser una sediciosa cada vez que se me asoma un gesto de lucha por algún derecho perdido delante de mis narices. Por eso, esa enfermera invitando a todos a las trincheras de esa forma tan emocional me ha gustado tanto. No es que haya que ir a pelearse con todo el mundo, pero que esta crónica sirva no solo de literatura poco escueta, sino de revelación de unos ojos que no son de ciencia y que necesitan de vuestra protección y consuelo. Víctor Montori lo dijo muy bien, el paciente ha dejado de querer obedecer. Quiere entender. Quiere decidir. Me recuerda esto tanto a mi hermano, él quería saber y tener el control. Y eso obliga a replantear no solo la medicina, sino el lugar desde el que se ejerce. Y, por eso, Víctor decidió terminar apoyándose en la frase de Gregorio Marañón: «El instrumento más importante: la silla».
Me gustó la forma en que se habló de la prevención del suicidio sin esconderse en el lenguaje técnico. Me trasladó de inmediato a cuando mi hermano quiso acabar con todo. Agradecí esas palabras sobre cómo acompañar a las personas mayores sin convertirlas en una prolongación de su diagnóstico, en mi propia familia hay casos muy difíciles. Y la entrada de la robótica en la asistencia sanitaria me llevó a un recuerdo de la infancia de cuando quise, de mayor, ser científica. Cada una de las ponencias me fue trasladando a circunstancias tremendamente personales que van a otro mundo más profundo. Con cada ponente he vuelto vivir cosas del pasado y he tenido la oportunidad de cuestionar mis propias creencias y las decisiones que un día tomé.
No sé si esto tiene el mismo peso en vuestras rutinas. Si sobrevive en los despachos donde se decide. O si se queda aquí, en este paréntesis. Y, aún después de decir esto así, lo más importante no es lo que se ha dicho. Estaba en cómo lo escuchabais, ávidos de humanidad. En la incomodidad de quien sabe que domina el protocolo, pero no siempre el gesto. En la atención sostenida cuando alguien nombraba el dolor sin adornos. En la pausa. En el silencio. En ese momento en el que ya no se puede tomar nota, porque lo que está ocurriendo no se archiva.
No fueron testimonios ejemplares, fueron reales. María del Rosario Martín, jurista jubilada, no habló de técnica ni de leyes. Habló de cuidado «hecho con amor» sin pedir permiso para usar esa palabra, como si supiera que en determinados espacios hay que justificarla. Y, sin embargo, no lo hizo. La dejó caer en mitad del auditorio como algo incómodo, como algo que no se mide, pero que se reconoce cuando falta. Cayetano López no contó su enfermedad. La nombró. «Escamoso», dijo, como quien habla de un perro viejo que se queda a vivir contigo sin que lo invites. No hubo dramatismo. Hubo convivencia. Esa forma de estar enfermo que no cabe en los informes médicos, pero que ocupa cada minuto del día. Y Enrique Gavilán, médico rural, no vino a dar una lección. Vino a admitir algo que no siempre se dice en voz alta: que hay un punto en el que ya no se puede más. Sin épica. Sin discurso de vocación inquebrantable. Solo el reconocimiento de un límite que, cuando llega, también necesita ser cuidado. Ahí es donde el congreso se vuelve el más raro del mundo. Porque la palabra «humanización» deja de ser amable y empieza a exigir. A vosotros. A todos. A cualquiera que se siente frente a otro que sufre.

El último día, antes de la entrega de los Premios «Pablo Ráez», mi conversación íntima, pero pública, os puso a observar otra crónica de mi vida por la mirilla de mi puerta. No os dimos datos, ni protocolos, ni soluciones. Tampoco protesté ni reclamé mucho más que poner de manifiesto la falta de humanidad global a la que todos nos enfrentamos en algún momento de nuestras vidas. Y entonces ocurrió. No fue un aplauso. No fueron halagos. Levanté la mirada hacia vosotros, la comunidad científica, y no vi cuadernos ni pantallas. Vi pañuelos. Vi manos en los ojos. Vuestras lágrimas brotando sin remedio ante lo obvio de sentir la contención. Claro que este es el congreso más raro del mundo. Aquí la ciencia llora.
Hubo también momentos de celebración. De cumpleaños. Porque la humanización no es solo sostener el dolor: es no olvidar la vida mientras ocurre. Ahí está el significado de todas vuestras lágrimas. No en una emoción puntual, sino en el impacto de un testimonio real en nuestra propia vida. Porque las lágrimas de la ciencia, las que no se enseñan en las facultades ni entran en los protocolos, son las únicas que pueden transformar la forma en la que miráis al otro cuando todo lo demás ya no os sirve.
Quisimos emocionarnos porque, si para algo estoy aquí, viva, sobreviviente de mi hermano pequeño, testigo de la invasión del sufrimiento físico y de la desolación psíquica, es para recordarle a quien pase por mi vida que se emocione. Que no se proteja tanto. Que no lo entienda todo antes de sentirlo. Que si supiera qué es la libertad, lo diría como Aute: «reír cuando se pueda y llorar cuando se necesite».
Pablo se paró delante del auditorio y, tras un segundo de zozobra, como colofón, os preguntó:
¿Te gustaría ser tratado por alguien como tú?
Siempre Fuerte.
Esther Ráez